El abogado y sacerdote católico Antonio Roqueñí Ornelas murió hace exactamente 12 años, la mañana del miércoles 29 de noviembre de 2006, tenía 72 años de edad, fue víctima de enfisema pulmonar.

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Aquella tarde recibí la noticia a través la llamada telefónica de un amigo común.

-¿Estás seguro? -pregunté a Ricardo.

-Sí, infortunadamente -me respondió-. Lo acabo de escuchar en la radio con Joaquín (López Dóriga).

No había necesidad de confirmarlo pero lo hice, hablé a su oficina de Montepío Luz Savignon con su secretaria.

Horas después acudí a su velorio en una funeraria al sur de la ciudad. Había pocos familiares y amigos. Lo vi en su catafalco, vestido de sacerdote, con alzacuello y estola, como si se preparara para un servicio religioso. Toño casi nunca uso alzacuello, siempre andaba de “civil“.

Con la autorización de la familia, leí un texto frente al féretro.
Una parte de la lectura había sido publicada por la desaparecida revista Milenio, la otra aparecía en el tercer número de la revista Sociedad y justicia, del Tribunal Electoral de Hidalgo. Era un texto firmado por el magistrado Raúl Arroyo, a quien conocí en los funerales.

¿Quién fue Toño Roqueñí?

Abogado y doctor en derecho civil, abogado y doctor en derecho canónico, fue miembro del Tribunal Eclesiástico de la Arquidiócesis de México por más de 21 años.

“Fui ordenado sacerdote en 1963. Trabajé sobre todo con el cardenal y arzobispo emérito de la Ciudad de México, Ernesto Corripio Ahumada”, escribió una vez Toño en una misiva traducida al polaco en 2002 y enviada al cardenal Stanislaw Dziwisz, en ese entonces secretario particular del Papa Juan Pablo II.

En la carta, Toño informaba sobre los delitos cometidos por Marcial Maciel Degollado.

Toño fue una rara avis en la Iglesia Católica. Una de esas personas que no se dan fácilmente, un hombre justo. Buen abogado y mejor sacerdote, próvido con sus amigos.

Agradezco haber contado con su amistad.

Tenía una voz grave y gran elocuencia al hablar, era de aguda inteligencia y sobre todo uno de los hombres más valientes que ha dado la Iglesia Católica en México.

Fue crítico de los abusos de la jerarquía católica, aunque no de la Iglesia como institución, de la cual era un leal súbdito.

“Hombre sabio y justo, humoroso y decidido, no pocas veces combatió abiertamente vicios que lastran a la Iglesia católica, de la que jamás se apartó”, comentó Miguel Ángel Granados Chapa en la columna “Plaza Pública”, del periódico Reforma.

Antes de su muerte fue capellán en un hospital privado atendido por monjas, además colaboraba con la Fundación y el Montepío Luz Savigñón.

Roqueñí tuvo enorme capacidad de hacer muchas cosas en la arquidiócesis, incluso elaboró un filme -comic-, sobre la Virgen de Guadalupe.

Una vez, a principio de los años 80, junto con su amigo y paisano –de Hidalgo- Luis Himelfard, lograron convencer al cardenal Corripio para llevar una copia de la imagen de la Virgen de Guadalupe a Israel. Entonces, se armó un grupo numeroso de cristianos y judíos y viajaron a Israel, antes pasaron a Roma para que la imagen fuera bendecida por Juan Pablo II.

Gran comunicador…

Era generoso para dar entrevistas, tenía la paciencia para explicar a todos los periodistas que lo buscaban lo que él sabía sobre la legislación, la Iglesia, el derecho canónico y las trapacerías de la jerarquía eclesial.
Casi siempre fue discreto… tenía un caudal de información, se fue a l tumba con sus secretos.

Otras veces fue duro, sobre todo, contra los altos jerarcas. Criticó lo mismo al cardenal Joseph Ratzinger, a Norberto Rivera Carrera, a Onésimo Cepeda Silva y a otros más, incluidos políticos corruptos. A algunos de ellos los bautizó con el nombre del “Club de Roma”.

Su gusto por la religión y la política

Toño era un hombre que desde adolescente -se decía hidalguense-, aunque era del pueblo de Tlalpan.

Su gusto por la política fue influencia de su padre, lo mismo que la religión, algo raro, mítico e incluso prohibido en este país y sobretodo en aquella época:

“A mí el tema de las relaciones Iglesia-Estado siempre me ha interesado desde chamaco y en los clubes a los que fui invitado cuando se decía ‘se prohíbe hablar de religión y de política’, simple y sencillamente yo no accedía, porque eran los temas que a mí me gustaban: religión y política, y siempre he hablado de religión y de política.

“Cuando estudié derecho tuve la inquietud vocacional de ser sacerdote, desde ese momento concebí que mi quehacer sería la política y la religión. ¿Cómo resolver la esquizofrenia de mi patria, en donde por un lado estaba la política y por otro lado estaba la religión? Yo nunca vi la raya divisoria, porque creo que no existe. La raya divisoria entre religión y política no existe porque el hombre, como lo dice Aristóteles, es un zoon politikón, por naturaleza es político”, dijo Antonio en una entrevista, en abril de 1997.

Su vida

Toño fue hijo del abogado Antonio Roqueñí López y de doña María Ornelas Miranda; fue el mayor de sus hermanos, una familia numerosa.

Los primeros años de su vida los pasó en la Ciudad de México pero desde muy chico se fue a vivir a Pachuca, Hidalgo, pues su padre-don Antonio-, fue funcionario en la administración del gobernador Javier Rojo Gómez. Allá asistió a la Escuela Americana.

Después, la familia Roqueñí regresó a la Ciudad de México y fue inscrito como alumno en el Instituto Patria, con los jesuitas.

(Toño siempre quiso ser jesuita, me lo confesó una vez).

Años después, su padre regresó a Pachuca, Hidalgo, esta vez para colaborar en el gobierno de Vicente Aguirre Castillo, gobernador del estado de 1945 a 1951; para entonces el Antonio era ya un joven quinceañero.

En ese tiempo fue estudiante en el Instituto Científico y Literario, hoy la flamante Universidad Autónoma del estado de Hidalgo, donde obtuvo el grado de bachiller.

Me dicen sus viejos amigos que Toño era amiguero y un líder entre su grupo. Además era bueno para los “trancazos“. Una vez puso parejo a Augusto Ponce Coronado- cinta negra-, quien años después sería Oficial Mayor de Gobernación.

En 1954, a la edad de 20 años, dejó el Instituto Científico y entró a estudiar derecho en la UNAM. Formó parte de la generación fundadora de la recién inaugurada Ciudad Universitaria.

Ahí se hizo amigos de muchas personas que después llegarían a ocupar altos cargos en la política y en el Poder Judicial. Entre sus amigos entrañables se encuentran: Manuel Bartlett Díaz, Mariano Azuela Guitrón, Alejandro Sobarzo Loaiza, y Miguel Estrada Sámano, entre muchos otros.

En la década de los 50, Toño se vinculó con el Opus Dei como miembro numerario, aun estudiaba en la UNAM; de ahí quizá su destino sacerdotal, pues la vocación sacerdotal le nació en el Instituto Patria, con los jesuitas.

Al terminar sus estudios universitarios partió a Roma, donde obtuvo un doctorado en derecho canónico en la Universidad Pontificia de Santo Tomas.

Después, en 1964, obtuvo el doctorado en derecho por la Universidad de Navarra.

Toño abandonó el Opus Dei años después y se convirtió en sacerdote diocesano, aunque mucho respeto por el hoy santo José María Escrivá, a quien conoció y trató muchas veces.

Cuando regresó a México fue enviado a Monterrey, Nuevo León, donde estuvo un tiempo.

Posteriormente don Ernesto Corripio Ahumada (1919-2008), quien fuera presidente de la CEM, lo invitó a colaborar con él.

Corripio no sólo presidía la CEM, también era arzobispo primado de México, por lo que nombró a Antonio responsable de las relaciones con el gobierno.

Otra de sus habilidades era la cuestión jurídica y por eso fue invitado a ser miembro del Tribunal Eclesiástico Interdiocesano de México, de 1978 a 1997, donde al poco tiempo y casi por 20 años fue su presidente.

También fue nombrado apoderado legal de la Arquidiócesis Primada de México y de varias congregaciones femeninas, a las que no les cobraba nada.

Sus habilidades para hacer relaciones lo llevó a participar en organizaciones como Grupo San Ángel, del que fue fundador, era el único sacerdote en ese grupo.

Antonio fue párroco del rumbo de la Merced, donde hizo varias cosas, además de amigos, entre ellos el entonces delegado de Venustiano Carranza, Jesús Martínez Álvarez, y de Jesús Salazar Toledano.

Amigo de Prigione

Para preparar la primera visita del Papa Juan Pablo II, la Santa Sede envió el 9 de febrero de 1978 como delegado apostólico a México a Girolamo Prigione Pozzi, con quien Roqueñí hizo amistad.

En 1991, un año después de la segunda visita papal, se sentaron las bases para una reforma constitucional en materia religiosa. A Roqueñí le tocó jugar un papel clave, ya que fue nombrado representante del Arzobispado Primado en las mesas de discusión.

En ese tiempo la relación estrecha e institucional con su amigo italiano, Girolamo Prigione se resquebrajó debido a que el representante papal quería controlar la Conferencia del Episcopado y el cardenal Ernesto Corripio se opuso.

“Nosotros fuimos amigos hasta que él decidió tacharme de su lista, justamente en el momento de los registros”, dijo…

El alejamiento de Roqueñí con el enviado papal comenzó con la disputa por el registro Uno, pero en el fondo era otra cosa. Toño quería quitar al italiano del control clerical.

No pudo lograrlo, pero tenía razón.

Tuvo que intervenir la Santa Sede, concretamente el cardenal Ángelo Sodano, secretario de Estado, quien entonces aspiraba al papado, para calmar los ánimos.

El 25 de noviembre de 1993, Ernesto Corripio Ahumada envió una misiva a Fernando Gutiérrez Barrios, entonces secretario de Gobernación. En ésta se leía:

”Señor secretario de Gobernación: Por medio de estas letras deseo manifestar mi adhesión a la solicitud presentada por el Sr. Arzobispo Jerónimo Prigione, nuncio Apostólico en México, por indicaciones de la Santa Sede, el 25 de noviembre del presente año.”

En esa misiva se lee claramente que Prigione quería tener el registro número Uno, y que de ahí que se derivaran todas las diócesis, prelaturas y congregaciones masculinas y femeninas: ¡quería todo el control!

Por su parte, el padre Roqueñí consideraba que el registro Uno otorgado a la Nunciatura no tenía razón de ser.

En abril de 1997, Justo Mullor fue nombrado nuncio en lugar de Prigione, y como era de esperarse  las cosas cambiaron. Mullor no era ningún desconocido para Roqueñí, de hecho, había sido su maestro en Navarra, pero el hidalguense estaba ya fuera del arzobispado.

El caso de Marcial Maciel

Cuando Toño fue juez eclesiástico -hasta 1995-96-, atendió los reclamos de las víctimas del fundador y director de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel Degollado…

No fue fácil entrarle al tema, Roqueñí sabía del poder del michoacano en los círculos papales.

-Mañana me voy a Roma-, me dijo un día, cuando me contó sobre el caso.

-¿Y qué vas hacer?- le pregunté.

-Voy a ver el asunto de las víctimas del padre Maciel-, respondió.

Le agradezco su confianza. Venía de una reunión con el nuncio apostólico, justo Mullor, en Roma los esperaban para abordar el caso…

Por su parte Pepe Barba, ex legionario, contó lo siguiente:

“Nos acercamos al padre Antonio Roqueñí, una de las máximas autoridades en derecho canónico y un hombre generoso y justo que supo escuchar los reclamos de este grupo de sesentones que están tratando no tan sólo de dar un testimonio y buscar justicia para lo que les ocurrió hace tantos años, sino de evitar que tales cosas sigan ocurriendo ante la indiferencia o la complicidad de las altas jerarquías eclesiásticas. Hablamos con Roqueñí, con Don Justo Mullor y finalmente decidimos ir a Roma “.

Fue entonces cuando Antonio se la jugó.

No era fácil entrarle, Antonio sabía del poder del michoacano en los círculos papales y en la jerarquía católica, pero decidió jugársela. ¡Total, me dijo!, en corto.

El escándalo ya se había dado a conocer en la prensa de EU y se ventiló en nuestro país en varios medios impresos y electrónicos.

Por esos días me pidió que nos viéramos, le urgía charlar conmigo de algo importante.

Nos vimos en el lugar acostumbrado en la colonia Condesa -La Bodega-; cenamos, encendió un cigarrillo y dándole una fumada me platicó -como si fuera secreto de confesión- el asunto de Los Legionarios de Cristo.

Yo sabía el tema, lo había leído en los medios, y era un asunto grave, pero prohibido.

Me platico de su visita a la Santa Sede donde iría a litigar el caso, o más bien a contactar a una abogada que llevaría el caso ante la Rota…

Antonio tenía contactos en la Santa Sede, conocía al cardenal Ratzinger ya que lo había visto años atrás para el caso de Samuel Ruiz García y probablemente hayan coincidido en mayo de 1996 cuando el poderoso cardenal estuvo de visita en la Ciudad de México.

-¿Y qué vas hacer en Roma?- le pregunté, inquieto.

-Voy a ver el asunto de las víctimas de Maciel-, me respondió.

Antonio venía de una reunión con don Justo Mullor, conocían del caso el eminentísimo señor Norberto Rivera Carrera y las víctimas.

Insisto, la charla esa noche fue larga, más de lo acostumbrado. Lo recuerdo como si fuera ayer.

Estaba inquieto, incluso lo sentí tenso. Sabía dónde se había metido y lo que ello implicaba.

Era difícil su situación. Su carrera por una mitra ya no importaba, de hecho eso nunca le intereso. Una vez me comentó que ni siquiera fue a pagar los derechos a Roma por el monseñorato que le otorgó el Cardenal Corripio.

Tenía el compromiso con esa gente y se la jugó.

Antonio lloró cuando dejó el cargo de juzgador y que si algún trabajo disfrutó intensamente fue el de ser Juez eclesiástico.

La defensa de Samuel Ruiz García

En 1993, por petición del cardenal Corripio, Roqueñí asesoró al obispo de San Cristóbal de las Casas, Samuel Ruiz García en un conflicto con Prigione, para variar.

El caso no llegó a tribunales, Toño lo ganó en la mesa y en los medios.

¡Fuera manos de Chiapas!

Otro asunto fue el de Chiapas y la insurrección del EZLN.

Quién no recuerda aquel enero de 1994 cuando acompañado del sacerdote Enrique González Torres SJ, fueron a decirle al nuncio que sacara las manos del conflicto en Chiapas, y que se fuera de México.

En una larga entrevista -22 de abril de 1997- que nos dio a Carlos Martínez Assad y a Sara Sefchovich nos dio los pormenores dijo:

“Fuimos a invitarlo, Enrique González Torres y yo a que abandonara el país… eso fue en 94… Estaba metido hasta las cejas manejando el asunto de la relación con los obispos chiapanecos, en un problema donde era muy delicado que él metiera las manos, problema interno de la guerra y todo el asunto: ¡Señor, fuera manos de aquí!

Y agregó: “convocamos una rueda de prensa y dijimos vamos a hablar con Prigione y nadie se lo creyó. Le mandamos primero a tres mensajeros: a José Luis Soberanes (ex presidente de la CNDH), a Miguel Olimón Nolasco, al rector de la Universidad Pontificia y a Raúl Duarte.

“Háganos favor de decirle a Prigione lo que acabamos de acordar en esta mesa con periodistas, que vamos a decirle que saque las manos de Chiapas”, Y fueron y se lo dijeron, entonces cuando le pedimos la cita, pues claro que nos recibió, dijo aquí me los agarro.Y entonces la conversación comenzó en tono jesuítico, con Enrique González Torres, muy despacito,” mire hemos visto su intervención en este punto y en este otro…”“Sí, sí, si sí, ya me di cuenta que ustedes… “¡Y empezó a regañarnos porque nos habíamos portado mal! Entonces yo estaba de espectador y los dos platicando… Y en un cierto momento no lo dejaba hablar a Enrique (González Torres) . yo pedí la palabra, le dije, “señor ¿me permite un segundo? Primero: ¡no somos dos monjas que vengan aquí a pedirle el favor de que canonice a su fundadora! Segundo: ¡no somos dos curas que vengan a pedirle a usted el favor de darnos una mitra episcopal, ninguno de los dos nos interesa ser obispo!¡Venimos a decirle que usted debe irse de este país! Entonces ya se aplacó. No, no, no, se desencajó y lo vi pequeñito en su sillón, y entonces ya Enrique (González Torres) continuó, y le dijimos todo lo que teníamos que decirle. (Entonces) Salió a despedirnos, fue muy cordial la despedida, pero el trancazo ya no se lo pudo quitar. A renglón seguido organiza él una rueda de prensa como si el Cardenal Corripio nos desautorizara…y entonces van con nosotros y lo que no hicimos nosotros, pues lo hizo la gente”.

Ángeles Fernández, entonces en el periódico El Heraldo fue a entrevistar a Corripio y esté le dijo a pregunta expresa: “¡No yo no los mande, ellos están grandecitos para saber lo que hacen!”.

¡Eso generó un ruido mediático!

Conocí al padre Roqueñi entonces.

Vivía austeramente en La Casa del Sacerdote, allá por los rumbos de la colonia Santa María La Ribera; después se fue a vivir a un modesto departamento que le prestó un amigo sacerdote en la Colonia Roma.

Los últimos dos años de su vida los dedico a ser capellán, primero de un hospital, después en un asilo de ancianos, a donde se fue a vivir cuando cumplió 70 años, también dedicaba parte de su tiempo a asesorar a congregaciones religiosas y trabajó felizmente en el Montepío Luz Saviñón.

Su opinión sobre el papa Benedicto XVI

Y cuando nombraron Papa a Joseph Ratzinger, el otrora prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, de la que Toño era un fuerte crítico, nos dijo a Jesús Rangel y a mí en otra entrevista:

“Me parecen superficiales las observaciones que hacen los periódicos sobre el Papa. No han visto al Ratzinger profundo ni a Benedicto XVI.

-¿Y el intransigente Ratzinger? -le preguntamos

-¡Ratzinger ya no existe! Existe Benedicto XVI.¡Mi lealtad total a él!”

Toño estaba convencido de que Benedicto XVI haría justicia a las víctimas y que bajaría de los altares a Marcial Maciel Degollado y no se equivocó. Aunque no le toco verlo pues murió antes.

Así era Toño.

Sus restos descansan en La Villita, en Pachuca de Soto, Hidalgo.
Hoy me beberé un trago en recuerdo de mi amigo abogado y sacerdote.
Un abrazo a sus familiares y a sus amigos.

PD… “¿Imagínate Fred que llegará un jesuita al papado?”, me dijo una vez Roqueñí

No le tocó verlo, pero se hizo el milagro y desde marzo de 2013 hay un jesuita dirigiendo la Iglesia Católica, se llama Francisco. Y está haciendo muchos de los cambios que quería Toño.

Cómo es la vida.

Seguramente si Roqueñí viviera fuera un fiel seguidor del papa Francisco… Coincidían en mucho.

Creo que Bergoglio supo del caso Maciel por Roqueñí, Pero esa es otra historia.

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