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Al recibir en audiencia a los miembros de la Fundación Pontificia Gravissimun Educationis, el Papa Francisco hizo un llamado a la comunidad educativa católica a “globalizar la esperanza”.

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En la Sala del Consistorio del Vaticano, ante el cardenal Giuseppe Versaldi, prefecto de la Congregación para la Educación Católica, el Sumo Puntífice puntualizó que solo cambiando la educación se puede cambiar el mundo.

Recordó que, esta Fundación, constituida el 28 de octubre de 2015, busca renovar el compromiso de la Iglesia en favor de la educación católica al paso con las transformaciones históricas de nuestro tiempo.

Discurso del Papa Francisco

Queridos amigos:

Doy la bienvenida a todos vosotros, participantes en el encuentro “Educare è Trasformare”, promovido por la Fundación Gravissimum Educationis. Agradezco al cardenal Versaldi sus palabras de presentación y doy las gracias a cada uno de vosotros, que aportáis la riqueza de la experiencia en los diversos sectores de origen y actividad.

Como se sabe, constituí esta Fundación aceptando la invitación de la Congregación para la Educación Católica el 28 de octubre de 2015, con motivo del 50 aniversario de la declaración Gravissimum educationis del Concilio Vaticano II.

Con esta institución, la Iglesia renueva su compromiso con la educación católica en sintonía con las transformaciones históricas de nuestro tiempo. La Fundación, de hecho, hace suya una solicitud ya contenida en la Declaración Conciliar de la cual toma su nombre, que sugería la cooperación entre las escuelas y las universidades para enfrentar mejor los desafíos en curso.

Esa recomendación del Concilio ha madurado con el tiempo y también se manifiesta en la reciente constitución apostólica Veritatis gaudium sobre las universidades y facultades eclesiásticas, como “la necesidad urgente de crear redes entre las distintas instituciones que, en cualquier parte del mundo, cultiven y promuevan los estudios eclesiásticos” (Proemio, 4d) y, en un sentido más amplio, entre las instituciones educativas católicas.
Sólo cambiando la educación se puede cambiar el mundo. Para hacer esto, me gustaría plantearles algunas sugerencias.

1. En primer lugar, es importante “crear redes”. Crear redes significa unir instituciones escolares y universitarias para potenciar la iniciativa educativa y de investigación, enriqueciéndose con los puntos fuertes de cada uno, para ser más eficaces a nivel intelectual y cultural.

Crear redes también significa unir los saberes, las ciencias y las disciplinas para enfrentar los desafíos complejos con la inter y la trans-disciplinariedad, como se solicita en la Veritatis gaudium.

La creación de redes significa establecer lugares de encuentro y diálogo dentro de las instituciones educativas y promoverlas fuera de ellas, con ciudadanos provenientes de otras culturas, de otras tradiciones, de diferentes religiones, para que el humanismo cristiano pueda contemplar la condición universal de la humanidad de hoy.

La creación de redes también significa hacer de la escuela una comunidad educativa en la que los profesores y estudiantes no sólo están conectados por un plan didáctico, sino por un programa de vida y experiencia, capaz de educar para la reciprocidad entre las diferentes generaciones. Y esto es muy importante para no perder las raíces.

Por otro lado, los desafíos que enfrenta el hombre de hoy son globales en un sentido más amplio de lo que a menudo se cree. La educación católica no se limita a formar las mentes para que tengan una mirada más amplia, capaz de incorporar las realidades más distantes. Se da cuenta de que, además de extenderse en el espacio, la responsabilidad moral del hombre de hoy también se propaga a través del tiempo, y las decisiones de hoy recaen sobre las generaciones futuras.

2. Otra expectativa a la que la educación está llamada a responder y que indiqué en la Exhortación Apostólica Evangelii gaudium es la de “no dejarnos robar de la esperanza”. Con esta solicitud pretendo alentar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo a enfrentar positivamente el cambio social, sumergiéndonos en la realidad con la luz irradiada por la promesa de la salvación cristiana.

Estamos llamados a no perder la esperanza porque debemos dar esperanza al mundo global de hoy. “Globalizar la esperanza” y “sostener las esperanzas de la globalización” son compromisos fundamentales en la misión de la educación católica, como se afirma en el reciente documento Educare al’umanesimo solidale de la Congregación para la Educación.

Una globalización sin esperanza y sin visión está expuesta al condicionamiento de los intereses económicos, a menudo distantes de una concepción correcta del bien común, y produce fácilmente tensiones sociales, conflictos económicos y abusos de poder. Debemos dar un alma al mundo global, a través de una formación intelectual y moral que favorezca las cosas buenas aportadas por la globalización y corrija las negativas.

Se trata de objetivos importantes que se podrán lograr a través del desarrollo de la investigación científica, confiada a las universidades y también presente en la misión de la Fundación Gravissimum Educationis. Una investigación de calidad, que tiene ante sí un horizonte lleno de desafíos. Algunos de ellos, expuestos en la Encíclica Laudato si, se refieren a los procesos de interdependencia global, que por un lado se propone como una fuerza histórica positiva, porque marca una mayor cohesión entre los seres humanos; por otro lado, produce injusticia y muestra la estrecha relación entre las miserias humana y las crisis ecológicas del planeta.

La respuesta está en el desarrollo y la investigación de una ecología integral. Me gustaría volver a subrayar el desafío económico, basado en la búsqueda de mejores modelos de desarrollo, adaptados a una concepción más auténtica de la felicidad y capaces de corregir ciertos mecanismos perversos de consumo y producción. Y, también, el desafío político: el poder de la tecnología está en expansión continua. Uno de sus efectos es la difusión de la cultura del descarte, que absorbe las cosas y a los seres humanos sin hacer ninguna distinción. Este poder comporta una antropología basada en la idea del hombre como depredador y del mundo en el que vive como un recurso para depredar a voluntad.

El trabajo ciertamente no falta para los académicos e investigadores que colaboran con la Fundación Gravissimum Educationis.

3. El trabajo que os espera, con vuestro apoyo a proyectos educativos originales, para ser eficaz debe obedecer a tres criterios esenciales.

Antes que nada, la identidad. Requiere coherencia y continuidad con la misión de escuelas, universidades y centros de investigación nacidos, promovidos o acompañados por la Iglesia y abiertos a todos. Estos valores son fundamentales para injertarse en el camino trazado por la civilización cristiana y la misión evangelizadora de la Iglesia. De este modo podéis contribuir a indicar los caminos que se deben emprender para dar respuestas actualizadas a los dilemas del presente, con una mirada de preferencia para los más necesitados.

Otro nudo esencial es la calidad. Es el faro seguro para iluminar cada iniciativa de estudio, investigación y educación. Es necesaria para realizar esos “polos de excelencia interdisciplinares ” recomendados por la Constitución Veritatis gaudium y que la Fundación Gravissimum Educationis aspira a apoyar.

Y luego, en vuestro trabajo, no puede faltar el objetivo del bien común. El bien común es difícil de definir en nuestras sociedades marcadas por la convivencia de ciudadanos, grupos y pueblos de diferentes culturas, tradiciones y creencias. Necesitamos ampliar los horizontes del bien común, educar a todos sobre la pertenencia a la familia humana.

Por lo tanto, para cumplir vuestra misión, sentad las bases para la coherencia con la identidad cristiana; preparad los medios que se ajustan a la calidad del estudio y la investigación, perseguid objetivos en armonía con el servicio al bien común.

Un programa de pensamiento y acción basado en estos fuertes pilares puede contribuir, a través de la educación, a la construcción de un futuro en el que la dignidad de la persona y la fraternidad universal sean los recursos globales a los que puede recurrir cada ciudadano del mundo.

Mientras os agradezco todo lo que podéis hacer con vuestro apoyo a la Fundación, os aliento a continuar con esta valiosa y beneficiosa misión. Sobre vosotros, vuestros colegas y familiares, invoco de todo corazón las abundantes bendiciones del Señor. 

Y, por favor, no os olvidéis de rezar por mí.

Gracias.

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