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A cinco años de su elección como Obispo de Roma.

(Texto publicado originalmente el 4 de abril de 2013 en la revista Código Topo de Excélsior)

CIUDAD DEL VATICANO.-A las 12:06 horas del miércoles 13 de marzo de 2013 —hora de México— salió humo blanco de la chimenea instalada en la Capilla Sixtina; el repique de campanas en la Plaza de San Pedro confirmó el signo de la nube: habemus papam. El cardenal jesuita Jorge Mario Bergoglio se convirtió desde ese momento en el papa número 266, el primer americano, el primer jesuita en la historia del papado. No sabemos exactamente por cuantos cardenales fue nominado, al menos fueron 77, en el tercer escrutinio en el segundo día del cónclave.

—¿Aceptas tu elección canónica para sumo pontífice? —le pregunto Giovanni Battista Re, cardenal sustituto en sus funciones al Decano del Colegio Cardenalicio durante el Cónclave.

Una vez recibido el consentimiento, le preguntó de nuevo: —¿Con qué nombre quieres ser llamado? —¡Francisco!— respondió.

Después, el nuevo papa confesaría a los periodistas tres días después: “Francisco es el hombre de la paz. Y así, el nombre ha entrado en mi corazón: Francisco de Asís… es el hombre de la pobreza, el hombre de la paz, el hombre que ama y custodia la creación…”.

Una hora diez minutos después, presenciamos la imagen del cardenal proto diácono francés Jean Louis Tauran saliendo al balcón principal de la Basílica: “Annuntio vobis gaudium magnum. ¡Habemus Papam! Eminentissimum ac reverendissimum dominum” en latín indicó el nombre de Jorge Mario Bergoglio.

La multitud de la plaza de San Pedro rompió en vivas y aplausos mientas se agitaban banderas y las campanas repicaban, no sólo en Roma, sino en todo el mundo, en especial en Argentina, donde hubo escenas de llanto y emoción en las calles; un multitudinario grupo de fieles se reunió frente a la Catedral de Buenos Aires. ¡Algo increíble!

Francisco confesó en el balcón de San Pedro, con pudor y modestia, la extraordinaria sorpresa que le había causado la designación como sucesor de Benedicto: “Ustedes saben que el deber del Cónclave es dar un Obispo a Roma. Parece que mis hermanos cardenales han ido a buscarlo casi al fin del mundo… pero estamos aquí… Les agradezco la acogida”.

Después se supo por el vocero del Vaticano que lo primero que hizo fue hablar por teléfono con el obispo emérito de Roma, Benedicto XVI, quien observó la fumata blanca desde sus habitaciones en Castel Gandolfo.

Después de rezar el Padre Nuestro, un Ave María y el Gloria con los fieles en San Pedro, el Papa agregó humildemente: “y ahora quisiera darles la bendición, pero primero, os pido un favor: antes de que el obispo bendiga al pueblo, les pido que recen al Señor para que él me bendiga. (…) Hagamos en silencio esta oración de ustedes por mí”.

Esos segundos fueron claves para ganarse al mundo, para conectarse con él. La frase del silencio es muy fuerte. Seguramente Bergoglio la recogió de su paisano el poeta Leopoldo Marechal: “…y otra vez el silencio, el gran silencio!”.

Sorprende por su sencillez

El primer día del papado, Francisco se dirigió al lugar donde se hospedó los días previos al Cónclave y pagó la cuenta de su estadía pese a que los encargados no querían recibir el dinero.

El nuevo pontífice llegó sorpresivamente a la residencia sacerdotal acompañado de los cardenales Vallini -su Vicario para la diócesis de Roma- y Santos Abril y Castelló, Arcipreste de la Basílica de Santa María la Mayor.

Un testigo aseguró que los administradores de la Casa Pablo VI para sacerdotes no querían recibir el dinero, pero Francisco insistió hasta que lo aceptaron. “Es lo justo”, les dijo. Antes de acudir al hospedaje, comentó con los cardenales en la Casa Santa Marta que también debía “pasar por la residencia, tomar mis maletas y pagar la cuenta”.

En otro momento pidió a sus compatriotas no viajar a Roma a la misa de inauguración del pontificado y dar ese dinero a los pobres. Señaló que sí espera que lo acompañen, pero con oraciones y con la limosna que así ha solicitado para los hermanos más necesitados.

Francisco alentó de este modo los tres acentos de este tiempo especial de Cuaresma: la mortificación o la renuncia — pidiendo cancelar los viajes a Roma—, la oración y la limosna. Con este gesto el papa repitió uno similar que ya había hecho en febrero de 2001 cuando era Arzobispo de Buenos Aires y fue creado cardenal por el papa Juan Pablo II.

En aquella oportunidad, el entonces obispo suplicó a las personas que planeaban acompañarlo a Roma en esa importante ocasión, que usaran el dinero para los más necesitados; como consecuencia, la delegación del cardenal Bergoglio en el consistorio fue una de los más pequeñas.

Otra medida de sencillez y humildad fue lo relativo al anillo del pescador, un símbolo que es usado por los pontífices y que Francisco pidió no sea de oro, sino de plata dorada; eso sí, la obra es de un importante artista italiano llamado Enrico Manfrini.

Ésta es otra muestra de la sencillez del Pontífice que el día de su elección se presentó en el balcón del Vaticano, ante una abarrotada Plaza de San Pedro, con la cruz pectoral de hierro que usaba como Arzobispo y tampoco usó la mozzeta, la gran estola bordada de color rojo con la que aparecieron en su presentación los anteriores Papas.

Lució el traje blanco, al igual que San Pío V, el Papa dominico “que no quiso negociar el manto blanco de su orden, comenzando así la tradición del blanco papal”.

Lo insólito de un telefonema

El padre general de la Compañía de Jesús, fue muy claro al describir al nuevo Papa: “el nombre de Francisco evoca su espíritu evangélico de cercanía a los pobres, su identificación con el pueblo sencillo y su compromiso con la renovación de la Iglesia”, pero quizás lo que mejor describió al Papa fue lo inédito de un telefonema. Dos días después de haber sido elegido, el nuevo Papa tomó personalmente el teléfono y habló a la oficina del prepósito general de los jesuitas. Le contestó el teléfono el portero de la oficina en Roma quien nunca esperó recibir una llamada telefónica del mismísimo papa Francisco.

El hecho ocurrió la mañana del viernes 15 de marzo, según el relato del director mundial del apostolado de la Oración, Claudio Barriga Domínguez SJ y difundido por la agencia ACI.

El portero respondió al teléfono. Le dicen que tiene una llamada desde Santa Marta, y escucha una voz suave y serena:

—Buenos días, soy el papa Francisco, quisiera hablar con el Padre General —el portero respondió frío.

—¿De parte de quién? —el papa Francisco entendió que el joven portero italiano no le creía y le repitió dulcemente.

—No, de verdad, soy el papa Francisco, ¿y usted cómo se llama? —en ese momento, el empleado respondió con voz titubeante.

—Me llamo Andrés.

—Yo bien, disculpe, ¡sólo un poco confundido!

—No te preocupes —le dijo amablemente el papa— por favor comunícame con el Padre General, quisiera agradecerle por la hermosa carta que me ha escrito. —el portero inmediatamente respondió.

—Disculpe, Su Santidad, lo voy a comunicar.

—No, no hay problema; yo espero lo que sea necesario —respondió el papa.

El joven portero, Andrés, entregó el teléfono al hermano Alfonso, secretario privado del Padre General Adolfo Nicolás y quién incrédulo concretó la siguiente conversación:

—¿Hola?

—¿Con quién hablo?

—Soy Alfonso, secretario personal del Padre General —respondió el secretario.

—Soy el Papa … quisiera saludar al Padre General, para agradecerle la bonita carta que me envió —el secretario particular, todavía incrédulo tuvo a bien contestar.

—Sí, un momento —y justo en ese instante entendió lo que estaba sucediendo— ¡Santo Padre, felicidades por su elección, aquí estamos todos contentos por su nombramiento, estamos rezando mucho por usted!

—¿Rezando para que yo vaya para adelante o para atrás? —bromeó el papa.

—Naturalmente para adelante —le respondió Alfonso mientas caminaba hacia el Padre General.

Dice el padre Barriga que “aturdido con la impresión, el hermano ni siquiera golpeó a la puerta de la oficina del Padre General y entró hasta él, quien lo miró sorprendido. Extendió la mano con el teléfono inalámbrico y le dijo: ¡es el papa! Durante la conversación el papa Francisco agradeció cordialmente a su ex superior por su carta. El Padre General le dijo que le gustaría verlo para saludarlo y Francisco le respondió que daría instrucciones a su secretario para que eso pudiera ser lo más pronto posible.

Día de San José: Inicio formal del pontificado

Intensa alegría popular y también profundo silencio de oración acompañaron la ceremonia del inicio del pontificado del papa Francisco.

Concelebraron con él, 180 personas entre ellos todos los cardenales del Colegio Cardenalicio presentes en Roma, los patriarcas y arzobispos orientales no cardenales, el secretario del Colegio de Cardenales y dos sacerdotes españoles.

Asimismo el superior de los Franciscanos José Rodríguez Carballo y el Prepósito general de la Compañía de Jesús, su ex jefe Adolfo Nicolás Pachón S.J. Antes del servicio religioso, el nuevo papa había roto varias veces los rígidos esquemas del Vaticano al usar un jeep descubierto —no el papamóvil blindado acostumbrado— y recorrer durante casi 30 minutos la Plaza de San Pedro.

Incluso, bajó del auto para saludar con un beso a un hombre cuadripléjico, ante la emoción de más casi 200 mil fieles. El cuerpo de la Gendarmería del Vaticano a cargo de Domenico Giani, esperaba el hecho, sin embargo permanecieron muy inquietos ya que el fantasma de mayo de 1981, cuando atentaron contra Juan Pablo II, no ha sido exorcizado. Tras finalizar el recorrido, inició una procesión junto a los patriarcas católicos de rito oriental y descendió a donde se encuentra la tumba de San Pedro; allí se encontraban el anillo del pescador y el palio de lana, símbolos del poder pontificio.

El anillo y el palio fueron llevados a la plaza en procesión, cantando las letanías del Laudes Regiae a cargo del coro de la Capilla Sixtina y del Instituto de Música Sacra vaticano.

El decano del Colegio de Cardenales, Ángelo Sodano, puso en el dedo anular derecho del nuevo papa el hoy austero anillo del pescador y el palio le fue colocado en torno al cuello por el cardenal protodiácono Jean—Louis Taurán.

Enseguida, seis cardenales, en nombre de los 207 que integran el Colegio, hicieron acto especial de obediencia al nuevo pontífice. En esta ocasión fueron: Giovanni Battista Re y Tarcisio Bertone de la orden de los obispos; Joachim Meisner y Jozef Tonko de la orden de los presbíteros, y Renato Raffaele Martino y Francesco Marchisano de la orden de los diáconos.

En la Plaza estuvieron representantes de 132 países; estuvieron presentes 32 jefes de Estado entre ellos el presidente Enrique Peña Nieto—, seis reyes, tres príncipes y 11 jefes de Gobierno. Como nadie fue invitado sino cada quien se autoinvitó, hubo también gente indeseable como el dictador de Zimbabwe, Robert Mugabe sentado a metros de Angela Merkel y Joe Biden.

Destacó, por cierto, la presencia del patriarca ecuménico de Constantinopla, Bartolomeo I, un hecho que no ocurría desde hace mil años, desde el Gran Cisma de Oriente en 1054. Bartolomé I es considerado el sucesor de “Andrés el apóstol”.

También había delegaciones fraternales del pueblo hebreo, musulmanes, budistas y de otras denominaciones cristianas no católicas. Un día después, el Papa los recibió en audiencia en la Sala Clementina del Palacio Apostólico Vaticano. Por cierto, el Pontífice los recibió sentado en una butaca, y no en el trono habitualmente dispuesto, les dio las gracias especialmente a Bartolomé I, llamándole “Mi hermano Andrés”.

A los judíos les recordó que “nos une un vínculo espiritual muy especial”, explicado en el Decreto Nostra Aetate del Vaticano II: “el misterio divino de salvación en los Patriarcas, Moisés y los profetas”.

“Estoy seguro de que, con la ayuda del Todopoderoso, podremos seguir provechosamente el diálogo fraterno”. Saludó entonces a los musulmanes de quienes dijo, “adoran al único Dios, viviente y misericordioso, y lo invocan en la oración”.

Insistió en la importancia de “la promoción de la amistad y el respeto entre hombres y mujeres de diferentes tradiciones religiosas” y agradeció el trabajo del Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso.

Las primeras palabras de Francisco fueron para agradecer su presencia y dirigió un saludo a los jefes de Estado y de Gobierno, a las delegaciones oficiales de tantos países del mundo y al Cuerpo Diplomático.

Los dos Papas

El gran ausente fue el papa emérito Benedicto XVI quien siguió la ceremonia por televisión desde la residencia de Castelgandolfo. En la tarde de ese día, poco después de las 17 horas (hora de Roma), el Papa le llamó por teléfono a Benedicto XVI ofreciéndole sus más sinceros auspicios con motivo de la fiesta onomástica de San José y para manifestarle nuevamente su personal gratitud y la de la Iglesia por su servicio.

Según informó el Vaticano, la conversación entre ambos fue amplia y cordial. En efecto, no fue casual que el inicio del pontificado haya sido el día 19 de marzo en honor a Benedicto XVI: No debemos olvidar que se llama José (Joseph) como el Santo Custodio de la Familia de Nazaret. Dos días después los dos Papas se encontraron en la residencia de Castel Gandolfo: un hecho histórico debido a que estamos ante momentos inéditos, hoy hay dos Papas.

Benedicto XVI tenía todo previsto cuando llegara el momento de su sucesión cumpliendo un compromiso. No es casual que el primer mensaje que dio el papa Francisco se lo haya dedicado a él; después las llamadas, el inicio del papado el día de san José, en su honor, y algo más.

Cuando se eligió a Joseph Ratzinger, el cónclave duró dos días; el duelo se dio entre Ratzinger y el cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio. En el primer escrutinio Ratzinger logró 47 votos frente a 10 de Bergoglio; Carlo Maria Martini tuvo nueve sufragios seguido por Camillo Ruini, con seis; Ángelo Sodano tuvo cuatro; y el hondureño Óscar Rodríguez Maradiaga y el arzobispo de Milán, Dionigio Tettamanzi, tuvieron dos votos. En la segunda votación Ratzinger obtuvo 65 votos y Bergoglio 35; en la tercera Ratzinger logró 72 frente a los 40 de Bergoglio. Ahí quedó bloqueada la elección.

El “duelo” terminó cuando Bergoglio, con los ojos llenos de lágrimas pidió que no lo votaran. Al retirarse de la contienda, Joseph Ratzinger habría ganado. Sin el retiro del argentino Ratzinger no hubiera sido Papa. Así, se llegó a la cuarta votación; Ratzinger superó el quórum de los 77 votos, en la Sixtina hubo un momento de silencio, seguido de un largo aplauso. Benedicto XVI fue elegido con 84 votos y 26 fueron para el arzobispo de Buenos Aires.

Ocho años después Bergoglio fue nombrado papa. Un buen guión para un filme hollywoodense. Por cierto, Francisco no es ningún hombre joven por lo que el suyo será un papado corto —de nuevo—, pero no por ello dejará de ser un excelente ministerio papal, los papas de 77 años han hecho buen papel, solo basta recordar a Juan XXII, El Papa Bueno.

El papa Francisco ha cautivado al mundo por su sencillez; es un hombre que puede regresar a los católicos que se fueron a otras denominaciones y puede tratar de llenar nuevamente los seminarios con vocaciones. Parece un verdadero sueño para una Iglesia que enfrentó momentos complicados, y que no en vano, mandó llamar a sus Fuerzas Especiales, los jesuitas… los verdaderos marines del Papa.

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