Cinco años del pontificado de Francisco.

Intensa alegría popular y también un profundo silencio por la oración en la ceremonia del inicio del pontificado del Papa Francisco aquella mañana del martes 19 de marzo de 2013, día de San José…

Concelebraron con él 180 personas, entre ellas todos los miembros del Colegio Cardenalicio presentes en Roma, los patriarcas y arzobispos orientales no cardenales y dos sacerdotes españoles; asimismo, el superior de los Franciscanos, José Rodríguez Carballo, y el prepósito general de la Compañía de Jesús, su ex jefe, Adolfo Nicolás Pachón.

Antes del servicio religioso, el nuevo Papa rompió una vez más (en una semana) los rígidos esquemas del Vaticano al usar un jeep descubierto, no el papamóvil blindado acostumbrado, y recorrer durante casi 30 minutos la Plaza de San Pedro. Incluso bajó del auto para saludar con un beso a un hombre cuadripléjico, ante la emoción de más casi 200 mil fieles.

El cuerpo de la Gendarmería del Vaticano, a cargo de Domenico Giani, esperaba el hecho, pero estaba muy inquieto, ya que el fantasma de mayo de 1981 cuando atentaron contra Juan Pablo II no ha sido exorcizado.

Tras finalizar el recorrido inició una procesión junto a los patriarcas católicos de rito oriental y descendió adonde se encuentra la tumba de San Pedro; allí se encontraban el anillo del pescador y el palio de lana, símbolos del poder pontificio, los cuales fueron llevados a la plaza en procesión, cantando las letanías del Laudes Regiae a cargo del coro de la Capilla Sixtina y del Instituto de Música Sacra vaticano.

El decano del colegio de cardenales, Ángelo Sodano, puso en el dedo anular derecho del nuevo papa el hoy austero anillo de pescador y el palio le fue colocado en torno al cuello por el cardenal protodiácono Jean-Louis Taurán. Enseguida, seis cardenales, en nombre de los 207 que integran el colegio, hicieron acto especial de obediencia al nuevo pontífice. En esta ocasión fueron: Giovanni Battista Re y Tarcisio Bertone, de la orden de los obispos; Joachim Meisner y Jozef Tonko, de la orden de los presbíteros, y Renato Raffaele Martino y Francesco Marchisano, de la orden de los diáconos.

En la Plaza estuvieron representantes de 132 países; 32 jefes de Estado —entre ellos el Presidente Enrique Peña Nieto—, seis reyes, tres príncipes, 11 jefes de gobierno (a Miguel Mancera se le dispuso un lugar para los invitados especiales del cuerpo diplomático).

Como nadie fue invitado, sino que cada quien se invitó, hubo también gente indeseable como el dictador de Zimbabue, Robert Mugabe, sentado a pocos metros de Angela Merkel, la canciller alemana, y de Joe Biden, ex vicepresidente de Estados Unidos.

Se destacó la presencia del patriarca ecuménico de Constantinopla, Bartolomeo I, un hecho que no ocurría desde hace mil años, desde el Gran Cisma de Oriente en 1054. Bartolomé I es considerado el sucesor de Andrés, El apóstol. También había delegaciones judía, musulmana, budista y de otras denominaciones.

Las primeras palabras de Francisco fueron para agradecer su presencia y dirigió un saludo a los jefes de Estado y de gobierno, a las delegaciones oficiales de tantos países del mundo y al cuerpo diplomático. El gran ausente Benedicto XVI, el papa emérito, quien siguió la ceremonia por televisión desde la residencia de Castelgandolfo.

En su homilía, ante cerca de 200 mil fieles congregados, el Obispo de Roma dijo que “Hemos escuchado en el Evangelio que ‘José hizo lo que el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer» (Mt 1:24). En estas palabras se encierra ya la misión que Dios confía a José, la de ser custodio… Y José es ‘custodio’ porque sabe escuchar a Dios, se deja guiar por su voluntad, y precisamente por eso es más sensible aún a las personas que se le han confiado, sabe cómo leer con realismo los acontecimientos, está atento a lo que le rodea, y sabe tomar las decisiones más sensatas. En él, queridos amigos, vemos cómo se responde a la llamada de Dios, con disponibilidad, con prontitud; pero vemos también cuál es el centro de la vocación cristiana: Cristo. Guardemos a Cristo en nuestra vida, para guardar a los demás, salvaguardar la creación”.

Francisco puntualizó que “la vocación de custodiar no sólo nos atañe a nosotros, los cristianos, sino que tiene una dimensión que antecede y que es simplemente humana, corresponde a todos. Es custodiar toda la creación, la belleza de la creación, como se nos dice en el libro del Génesis y como nos muestra san Francisco de Asís: es tener respeto por todas las criaturas de Dios y por el entorno en el que vivimos.

“Es custodiar a la gente, el preocuparse por todos, por cada uno, con amor, especialmente por los niños, los ancianos, quienes son más frágiles y que a menudo se quedan en la periferia de nuestro corazón. Es preocuparse uno del otro en la familia: los cónyuges se guardan recíprocamente y luego, como padres, cuidan de los hijos, y con el tiempo, también los hijos se convertirán en cuidadores de sus padres.

“Es vivir con sinceridad las amistades, que son un recíproco protegerse en la confianza, en el respeto y en el bien. En el fondo, todo está confiado a la custodia del hombre, y es una responsabilidad que nos afecta a todos. Sed custodios de los dones de Dios”.

El Santo Padre hizo un llamado a los líderes mundiales: “Quisiera pedir, por favor, a todos los que ocupan puestos de responsabilidad en el ámbito económico, político o social, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad: seamos ‘custodios’ de la creación, del designio de Dios inscrito en la naturaleza, guardianes del otro, del medio ambiente; no dejemos que los signos de destrucción y de muerte acompañen el camino de este mundo nuestro.

“Pero, para ‘custodiar’, también tenemos que cuidar de nosotros mismos. Recordemos que el odio, la envidia, la soberbia ensucian la vida. Custodiar quiere decir entonces vigilar sobre nuestros sentimientos, nuestro corazón, porque ahí es de donde salen las intenciones buenas y malas: las que construyen y las que destruyen. No debemos tener miedo de la bondad, más aún, ni siquiera de la ternura”.

Francisco explicó a los presentes su concepto de poder: “A las tres preguntas de Jesús a Pedro sobre el amor, sigue la triple invitación: Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas. Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio, y que también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz; debe poner sus ojos en el servicio humilde, concreto, rico de fe, de San José y, como él, abrir los brazos para custodiar a todo el Pueblo de Dios y acoger con afecto y ternura a toda la humanidad, especialmente los más pobres, los más débiles, los más pequeños; eso que Mateo describe en el juicio final sobre la caridad: al hambriento, al sediento, al forastero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado (cf. Mt 25:31-46). Sólo el que sirve con amor sabe custodiar”.

Por supuesto, dijo el Santo Padre, debemos “custodiar toda la creación, custodiar a todos, especialmente a los más pobres, custodiarnos a nosotros mismos; he aquí un servicio que el Obispo de Roma está llamado a desempeñar, pero al que todos estamos llamados, para hacer brillar la estrella de la esperanza: protejamos con amor lo que Dios nos ha dado.

“Imploro la intercesión de la Virgen María, de San José, de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, de San Francisco, para que el Espíritu Santo acompañe mi ministerio, y a todos vosotros os digo: Orad por mí. Amen”.

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