“Nunca será suficiente lo que se haga para pedir perdón y buscar reparar el daño causado”, admitió el Papa Francisco al manifestar “la vergüenza y el arrepentimiento” de la Iglesia Católica por los casos de abusos de religiosos contra menores y adultos en situación de vulnerabilidad.

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El pasado 15 de agosto, la fiscalía de Pensilvania, Estados Unidos, reveló una investigación, según la cual existen pruebas suficientes para comprobar que durante 70 años unos 300 sacerdotes abusaron al menos de unas mil víctimas y fueron encubiertos por los líderes de las diócesis de ese estado.

Al referirse a esta situación, el Papa Francisco aceptó que “las heridas nunca prescriben” y “que no supimos estar adonde teníamos que estar, que no actuamos a tiempo reconociendo la magnitud y la gravedad del daño que se estaba causando en tantas vidas”.

En una carta de tres cuartillas difundida este lunes 20 de agosto por El Vaticano, Su Santidad reconoció: “Hemos descuidado y abandonado a los pequeños”, que sufren a causa de “abusos sexuales, de poder y de conciencia cometidos por notable número de clérigos y personas consagradas”.

“Nos hemos demorado en aplicar acciones y sanciones” ante estos casos, admitió al tiempo de subrayar la importancia de “generar una cultura capaz de evitar que estas situaciones no solo no se repitan, sino que no encuentren espacios para ser encubiertas y perpetuarse”.

“Soy consciente del esfuerzo y del trabajo que se realiza en distintas partes del mundo para garantizar y generar las mediaciones necesarias que den seguridad y protejan la integridad de niños y de adultos… así como la implementación de la ‘tolerancia cero’ y de los modos de rendir cuentas por parte de todos aquellos que realicen o encubran estos delitos”, manifestó.

Hondas heridas

El Papa Francisco afirmó que los casos de pederastia son un crimen que genera “hondas heridas” no solo en las víctimas, sino también en los familiares y en “toda la comunidad, sean creyentes o no”.

El dolor de quienes sufrieron los abusos es “un gemido que clama al cielo, que llega al alma y que durante mucho tiempo fue ignorado, callado y silenciado”.

“Pero su grito fue más fuerte que todas las medidas que lo intentaron silenciar e, incluso, que pretendieron resolverlo con decisiones que aumentaron la gravedad, cayendo en la complicidad”.

A fin de que estas situaciones no se vuelvan a presentar, el Sumo Pontífice hizo un llamado a “denunciar todo aquello que ponga en peligro la integridad de cualquier persona”.

La solidaridad, expuso, “reclama luchar contra todo tipo de corrupción, especialmente la espiritual”, a la que consideró una forma de “ceguera cómoda y autosuficiente, donde todo termina pareciendo lícito: el engaño, la calumnia, el egoísmo y tantas formas de autorreferencialidad”.

Puntualizó: “Mirando hacia el futuro nunca será poco todo lo que se haga para generar una cultura capaz de evitar que estas situaciones no solo no se repitan, sino que no encuentren espacios para ser encubiertas y perpetuarse”.

Todos sufren

Para comenzar su mensaje, el Papa citó una frase de la carta del apóstol San Pablo a los Corintios: “Si un miembro sufre, todos sufren con él”.

Por ello apuntó que a través de la oración y la penitencia “podremos entrar en sintonía personal y comunitaria… para que crezca entre nosotros el don de la compasión, la justicia, la prevención y la reparación”.

Advirtió que “es imposible imaginar” una conversión del accionar eclesial sin la participación activa de todos los integrantes del Pueblo de Dios”.

Por ello reprochó actitudes como “el clericalismo”, que es una “manera anómala de entender la autoridad en la Iglesia”. El clericalismo, agregó, “favorecido sea por los propios sacerdotes como por los laicos, genera una escisión en el cuerpo eclesial que beneficia y ayuda a perpetuar muchos de los males que hoy denunciamos”, insistió.

El escándalo en la Iglesia Católica de Pensilvania ya es comparado al que ocurrió en Irlanda, bajo el pontificado de Benedicto XVI, cuando unos 400 sacerdotes fueron acusados de abusar de al menos 12 mil personas durante 30 años.

Además, la investigación en ese estado de EU se dio tres meses después de que en Chile todos los obispos renunciaran por los escándalos de abuso sexual, como el del sacerdote Fernando Karadima.

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