Foto:SIAME

A 12 años de su muerte.

El 10 de abril de 2008 —aniversario de la muerte de Emiliano Zapata— murió el eminentísimo Arzobispo Primado Emérito de México, cardenal Ernesto Corripio Ahumada. El féretro con su los restos llegó ese día al Seminario Menor, permaneció ahí hasta el viernes para luego ser trasladado a la Basílica de Guadalupe, donde el domingo 13 se celebró una misa solemne y se inhumaron los restos en la cripta de los arzobispos de la Catedral Metropolitana.

Vivió modestamente y apartado de los reflectores en la Calle 5 número 54 de la colonia Ampliación Tepepan, Xochimilco. Fue originario de Tampico, donde nació un 29 de junio de 1919; ingresó a los 11 años de edad al Seminario Palafoxiano de Puebla y a los 16 ya estudiaba en la Pontificia Universidad Gregoriana, en Roma; ahí fue ordenado sacerdote en 1942. Regresó a México, y justo a los 33 años, en 1952, fue electo obispo auxiliar de Tampico.

En 1967 fue promovido a la sede metropolitana de Antequera, en Oaxaca, de ahí fue transferido a la arquidiócesis de Puebla de los Ángeles y el 19 de julio de 1977 fue nombrado Arzobispo Primado de México por Pablo VI. Dos años después recibió la birreta roja y título de Immacolata al Tiburtino; el cuarto cardenal en la historia de México.

Fue representante especial del papa Juan Pablo II en el funeral de Oscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador y quien fue asesinado, el 30 de marzo de 1980. Fue tres veces presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, formó parte de la Curia Romana y del Consejo Episcopal Latinoamericano y fue presidente fundador del Consejo Interreligioso de México.

Amor por la Guadalupana

Corripio Ahumada estuvo 18 años al frente de la Arquidiócesis Primada de México, la más grande demarcación católica que existe en el mundo, con casi mil templos, más de mil sacerdotes y una población de millones de feligreses; en sus manos estuvo la administración del mayor de los recintos católicos de América Latina: la Basílica de Guadalupe.

El julio de 1994 —al cumplir 75 años—, dejó el cargo y la arquidiócesis quedó vacante un año. El 25 de julio de 1995 llegó en su lugar Norberto Rivera Carrera, obispo de Tehuacán. Cuando se dio el cambio, Corripio le dijo de manera especial que le dejaba bajo su responsabilidad “la reliquia más preciada de la fe de los mexicanos, la imagen original de Santa María de Guadalupe”.

Subrayó entonces Corripio: “Hemos de reconocer que la Arquidiócesis de México está identificada con el Distrito Federal; esta ciudad es la sede del poder político nacional y asume la máxima importancia cultural, comercial, social y religiosa”.

La verdad es que Corripio peleó fuertemente en Roma por que la Basílica no se separara del arzobispado Primado de México, como era la intención de Girolamo Prigione. Entre los actos más significativos del cardenal Corripio estuvo el haber organizado en enero de 1979 la primera visita de un papa a México, Juan Pablo II.

Hizo muchas cosas más: promovió la Misión Guadalupana, con ocasión de los 450 años de las apariciones de la Virgen de Guadalupe; también la creación del Instituto de Formación Sacerdotal de la Arquidiócesis de México, promovió la beatificación de Juan Diego y la ayuda que la iglesia prestó a los damnificados del terremoto de 1985 en la capital del país para la construcción de viviendas…

Mediante sus abogados, estuvo en el proceso de las reformas constitucionales, de 1991-1992, que por cierto no le convencieron. Medió un conflicto fuerte entre la Conferencia del Episcopado Mexicano y el ejército mexicano; supo llevarse bien con el abad Guillermo Schulenburg, confrontó con inteligencia al nuncio Prigione y le tocó intervenir para sacarlo del conflicto cuando surgió el Ejército Zapatista de Liberación Nacional. También le tocó la muerte del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo.

En la última visita papal, Juan Pablo II abrazó fuertemente a su viejo amigo, a quien hizo cardenal en el primer consistorio en 1979. Creo que Corripio y Wojtyla no se volvieron a ver.

El conflicto con Prigione

La pugna protagonizada por Corripio y el entonces nuncio Jerónimo Prigione ocurrió en noviembre de 1992, con motivo de la solicitud —realizada por el Primado de México ante la Secretaría de Gobernación— del registro constitutivo de la Arquidiócesis de la Ciudad de México bajo la denominación de Iglesia Católica Particular.

Esta solicitud, por ser la primera, causó sorpresa sobre todo al nuncio apostólico, quien se suponía debía haber hecho antes el trámite en nombre de la Iglesia Católica Universal. El hecho fue comentado en la prensa nacional y considerado como un “madruguete” por parte de Corripio.

El conflicto entre ambos comenzó nueve años atrás, por el proyecto que éste último presentó junto con el abad de la Basílica de Guadalupe, Guillermo Schulenburg, ante la Santa Sede y en el cual la basílica fungiría como cabeza de una de las ocho diócesis en que se pretendía dividir la Arquidiócesis de la Ciudad de México.

Corripio respondió con una contrapropuesta en la cual integraba dentro de la misma diócesis a la Basílica de Guadalupe, al Centro Histórico (con la Catedral Metropolitana a la cabeza) y a los seminarios que se encuentran en Coyoacán y Tlalpan, aduciendo cuestiones históricas.

Ante la disputa, El Vaticano suspendió la decisión hasta que las condiciones en México fueran más oportunas. No se han dado.

El dato del registro “inexistente” número uno

Lo comparto en está bitácora: el 22 de diciembre de 1992 el gobierno entregaba el registro constitutivo número uno y se lo daba nada menos que a Girolamo Prigione. El cardenal Corripio, mediante sus abogados, fue el primero en cumplir los requisitos y solicitar el registro correspondiente y, de acuerdo a derecho, debía recibir el registro número uno, pero no fue así. De hecho, ese asunto generó un conflicto interno; es más, se obligó a todos los obispos de la CEM a que se adhirieran a la solicitud del nuncio.

Prigione entregó el 22 de noviembre la solicitud de registro con la anuencia de casi todos, la excepción fue la Arquidiócesis Primada de México, y designaba como sus representantes legales a Ramón Sánchez Medal y Alberto Pacheco Escobedo. El escrito llevaba la adhesión de todos los miembros de la CEM, incluyendo la Eparquía Greco-Melquita, Nuestra Señora del Paraíso en México, las prelaturas territoriales de Chetumal, El Salto, Huautla, Jesús María (El Nayar), Madera, Mixes, Nuevo Casas Grande, el Vicariato Apostólica de la Tarahumara, La Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, y la Conferencia de Superiores Mayores de Religiones en México.

Lo que retrasó el registro fue la no adhesión inmediata de la Arquidiócesis Primada. Eso paró en seco la entrega de registros a otras denominaciones religiosas y no fue sino hasta que el 21 de diciembre —un día antes de otorgar el registro— cuando el Primado de México envió al gobierno una escueta comunicación, que reflejaba la presión de la Santa Sede:

“Señor secretario de Gobernación. Por medio de estas letras deseo manifestar mi adhesión a la solicitud presentada por el Sr. Arzobispo Jerónimo Prigione, Nuncio Apostólico en México, por Indicaciones de la Santa Sede, el 25 de noviembre del presente año”.

Lo curioso y grave era que el poderoso nuncio quería tener bajo su control a toda la CEM. Gracias a la habilidad y persistencia de los abogados de Corripio pudo salvarse la situación, para beneficio de todas las iglesias católicas particulares; hoy todas tienen registro principal.

En una entrevista que el Padre Roqueñí concedió en 1997 a Sara Sefchovich, Carlos Martínez Assad y a mí, dijo: “Creo que más que un error del gobierno (fue) un error de Prigione”.

Pero el gobierno también lo aceptó, dijimos. “No. Creo que el gobierno la vio venir… nuestra tesis era que según el derecho canónico serían sujetos de registro constitutivo las iglesias particulares… y la expusimos en la Conferencia del Episcopado. Entonces Prigione dijo ‘no, no, espérense, espérense. El que ustedes se registren va contra la unidad de la iglesia. Yo tengo que encabezar los registros, registrando (primero) a la Iglesia Católica, y una vez registrada, ustedes ya podrán registrarse como derivados que yo represento en este país, porque soy el representante del Papa y tengo indicaciones de la Santa Sede de hacer el registro constitutivo; ya que lo haga, ustedes desparraman todos los registros’. Nosotros dijimos ‘no’, y nos adelantamos a solicitar el registro de la Arquidiócesis de México”.

Ustedes solicitaron primero el registro… “Sí y ahí se saltó la ley don Fernando (Gutiérrez Barrios). No fuimos los primeros en derecho como éramos los primeros en tiempo… ¿Qué consecuencias tiene esto para la iglesia? Dimos la impresión al Estado, dimos la impresión de ser monolíticamente dirigidos por un individuo, cosa que no nos convenía, a nadie. Pusimos en bandera de plata, en un solo registro, a todo el episcopado mexicano. Obviamente don Fernando, que era contrario a la reforma legal, vio venir este registro y dijo ‘vénganos’, aquí los controlo a todos, y le dio entrada a Prigione… Entonces, ante la antijuridicidad canónica de esto y de la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público nosotros, protestamos.

La Secretaría de Gobernación nunca zanjó ese problema y, en efecto, como nos dijo el doctor Antonio Roqueñí, el asunto quedó ahí.

* Publicado en Milenio Semanal 548, el 14 de abril de 2008.

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