En todo el país ciudadanos se congregaron para proteger templos católicos ante el rumor de vandalismo durante manifestaciones por la despenalización del aborto. Foto: Twitter
En todo el país ciudadanos se congregaron para proteger templos católicos ante el rumor de vandalismo durante manifestaciones por la despenalización del aborto. Foto: Twitter

Uno de los hechos más relevantes de los gobiernos, así llamados de izquierda, ha sido la tolerancia a las marchas e incluso a los infiltrados en ellas que generan violencia y daños materiales, como los que hemos visto en los últimos días.

Toda violencia, venga de donde venga, es condenable. Nadie tiene derecho a destruir, maltratar e incluso herir a personas que pacíficamente quieren expresar sus ideas, sean las que sean.

Tolerancia, respeto, inclusión, son palabras que hemos escuchado en los últimos días y que parecen haber caído en “oídos sordos”.  Psicólogos, antropólogos, sociólogos y todos los científicos coinciden que una persona es violenta cuando en la familia ha experimentado violencia. De ahí que la familia sea fundamental en la educación de niños y jóvenes. Sin embargo, las políticas públicas a favor de la familia no tienen el eco que deberían tener porque hay un interés sistemático de muchas organizaciones civiles y, a veces del mismo Estado, en “destruir” el tipo de familia que conocemos. Si destruimos la familia, destruiremos la sociedad.

Porque imperará la ley del más fuerte y la violencia cada día arreciará más y más.

El sábado 28 se había convocado a una concentración en el atrio de la Iglesia de San Francisco, en la calle Madero de la capital. Esta marcha fue convocada por un grupo llamado “Ola verde” porque portan “pañoletas” de color verde y buscan que el Congreso federal establezca legal el aborto.

Del aborto ya se habló en otra reflexión, por lo cual solo lo mencionamos aquí.

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Los integrantes de este grupo ven en la Iglesia Católica una barrera para que se pueda aprobar el aborto. Por consiguiente, buscan provocar al clero para crear confusión y difundir su propuesta a nivel nacional. La forma de hacerlo es generar conflicto. De ahí que haya grupos infiltrados, casi siempre pagados, para provocar esta clase de disturbios.

Ante esta coyuntura, algunos fieles católicos laicos decidieron ir a las iglesias del centro para defender los templos de todos aquellos que quisieran vandalizarlos. Estos grupos desde temprano se pusieron a rezar a las afueras y esperar que pasara la marcha. Pero camino al Zócalo, los “infiltrados” cometieron todo tipo de vandalismo y atropellos, incluso prendieron fuego en algunas puertas de edificios antiguos. Rompieron cristales y saquearon negocios.

Llegando a Catedral quisieron entrar, pero las fuerzas federales y municipales se lo impidieron. De todos modos, con pintas, aerosoles y bombas molotov causaron algunos daños de menor importancia en la reja y atrio de Catedral.

Hay que condenar estos y otros actos vandálicos que sólo generan pánico, miedo y división entre la gente. No lo debemos permitir como ciudadanos, y más cuando atenten contra los valores religiosos de las personas.

Hay que agradecer a los policías que pudieron contener a tales turbas de vándalos que confunden la libertad con el libertinaje. Sin entender que libertad exige responsabilidad. Impulsemos políticas públicas para enseñar los valores de la familia y formar ciudadanos libres y responsables.

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