El mal mayor del mundo aquí y ahora es, sin duda, el enseñoramiento de la soberbia en demasiados seres humanos. La soberbia es el mayor de los pecados capitales, acaso el que conlleva y causa todo pecado mortal. Así como el Papa Francisco lo hace presente cada vez que pide que se rece por él, el cardenal Aguiar dijo en su primera homilía como arzobispo primado:

“La toma de conciencia del barro que somos, de nuestra constante fragilidad y muchas limitaciones, es el punto clave para descubrir las maravillas que hace Dios a través de nosotros en los demás, y la auténtica humildad que nos agiganta sin pretenderlo. Tenemos el testimonio del Papa Francisco cuando, al inicio de su ministerio, se presentó como pecador y necesitado de la oración y bendición de su pueblo”.

Es sobremanera difícil ser cristiano: cultivar la vida interior que conlleva el examen de conciencia, hacer presente que el quietismo esconde una oscura perversión y que uno no se salva si no desde el compromiso con los otros. Místicos como Santa Teresa de Ávila e Ignacio de Loyola fueron seres de acción, y los religiosos contemplativos conforman el llamado Apostolado de Oración, volcados hacia los otros, orando por los otros.

El cristiano, si he entendido bien a Aguiar, tiene que partir de sus imperfecciones y acompañar siempre, pues sólo acompañando tendremos eco en los demás. Finalmente, el espíritu de la ley importa más que la textualidad de la ley, y no vale detenerse en la paja en el ojo ajeno, sino reparar en la viga del propio.

El desprendimiento progresivo es la vía para entregar todo a Dios, ya que como bien se planteó Francisco, el de Asís, el que quiere propiedad querrá siempre defenderla y ahí conoce una atadura que le puede llevar al crimen para conservarla; no juzguen si no quieren ser juzgados. En nuestros días sucede lo contrario: para empezar, se divide a la sociedad en “ganadores” y “perdedores”, lo que es la más radical falta de caridad que se pueda imaginar. Todo se ha vuelto competencia y emulación y los seres humanos “viven” desviviéndose, es decir, muriendo.

La literatura de occidente ha dado las dos figuras más contrarias al proyecto de vida humilde que propone Francisco, que ahora reitera monseñor Aguiar, Don Juan y Fausto: el primero, un depredador —¡en cuántos jefes de Estado y empresarios no lo encontramos!—; el segundo es el deificador de la ciencia, como el constructor de la torre de Babel y tantos que sueñan en lo que se ha dado en llamar el homo deus.

Ambos arquetipos, al encontrar su vida, irremisiblemente la perdieron. Pero el que la perdió entregándola va almacenando luz, llenándose de las bendiciones de los otros, de lo que es ser conquistado por la paz de Dios, la que proviene de la Fe que alumbra la Esperanza y se torna amor benevolente.

Lo que demasiados pastores han dejado de lado es que para hacer vivo el llamado de Jesús tienen que acompañar, tienen que aprender a decir como dijo Francisco “¿quién soy yo para juzgar?”.

Sí, hacer acto de humildad hasta que se vuelva connatural es entrar por la puerta estrecha que conduce a la salvación.

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