Todos tenemos experiencias sobre la muerte de alguien cercano, lo que nos invita a reconsiderar el verdadero sentido de la muerte y a enfrentarnos con el deseo de iluminar su misterio, sabiendo que no es desde la huida y la ocultación desde donde se integra y se supera. De algún modo, esto es un reto para que la humanidad acepte su ser mortal como lección y sentido de vida.

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No podemos dejar de lado diferentes perspectivas de la muerte, tanto a nivel humano o como creyentes de una religión, ya que son fundamentales hoy para acoger y asimilarlas en praxis de los proyectos de vida y en la educación, para poder buscar y sondear el verdadero sentido de la vida, la auténtica felicidad y la única y definitiva esperanza.

De ahí que parto de la muerte como compañera de la vida. La muerte aparece como el máximo enigma de la condición humana y una condición permanente y estructuradamente de mi persona sin la cual no sería lo que soy. Así, me doy cuenta irremediablemente no sólo del hecho teórico y reflexivo del morir humano, sino que siento en lo más profundo que toda la realidad en la que estoy y quiero está tocada por el carácter mortal.

De estas experiencias puedo detectar vitalmente que el hecho de morir no es un momento, sino que es una condición que atraviesa todo nuestro vivir y que se muestra radical en el hecho biológico de la expiración. Considero que he de recobrar esa dimensión de mi existencia y hacerme consciente de que la muerte no nos visita en un momento determinado y último, sino que somos nosotros los que llegamos a ese momento, del que no sabemos ni el día ni la hora exacta y lo vivimos porque toda nuestra vida es un camino con ella y desde ella, pues somos real y activamente mortales.

Es la muerte la que nos avisa de la riqueza y del valor único de cada momento, encuentro, actividad o relación que vivimos. Por eso, la muerte hace la vida única. No nos queda otra alternativa más que orientar y vivir el momento de lo cotidiano porque es lo que llena de vida nuestra existencia. Por el contrario, el hecho existencial de la muerte solemos contemplarlo desde la negatividad y también desde el temor y la tristeza. Sólo desde la muerte cobra verdadero valor la vida y la posible esperanza de que lo único y auténtico permanezca en la plenitud y llegue a ser eterno.

Por otro lado, la muerte nos hace mirar hacia la igualdad. Una vida humana que se asienta en el tener, en lo que representas socialmente o en la profesión, sin que todo esto esté orientado hacia los demás en fraternidad y servicio, como verdadero fundamento de la persona, queda totalmente desenmascarado por la radicalidad de la muerte. Ella se encarga continuamente de poner en crisis todo lo que se ha edificado sobre la desigualdad y la injusticia para declararlo vacío y sin sentido.

Nuestro ser mortal nos predica en positivo que no hay modo mejor de vivir y llegar a la muerte que creando las condiciones de justicia y paz, que definen el valor de la persona por ser tal y no por sus aderezos. Continuamente, nuestro ser mortal está denunciando todas nuestras injusticias y desigualdades y confesando nuestra radical igualdad.

En el pensamiento común de los mortales está el rechazo a la muerte. Quien más, quien menos, tenemos miedo a morir. Parece un mal absoluto que nos roba de una vez para siempre todo lo que poseemos y lo que somos. A su vez, el panorama se ensombrece al contemplar su universalidad. No sólo cada uno de nosotros, sino todo ser viviente a nuestro alrededor está condenado a la misma historia. Esto pareciera pesimismo, pero es puro realismo, aunque habitualmente no pensemos en ello.

Entonces, ¿dónde está el valor positivo de la muerte?

Creo que la muerte tiene un verdadero valor educativo para todos nosotros y que, en sí misma, es un reto y una posibilidad. Sabemos que no podemos renunciar de ningún modo a los sueños de la vida en la propia muerte, porque sin sueños no hay felicidad. La alegría se gesta en los sueños de los hombres. Porque… no soñar es morir.

Necesitamos abandonar, principalmente en el mundo occidental, cualquier discurso de la muerte realizado desde el castigo y la culpabilidad, pasemos a la propuesta de valor pedagógico y educativo que tiene esta realidad del ser humano. Su condición mortal se convierte en posibilidad para encontrar y reconocer el verdadero sentido de la vida. Ella nos puede permitir discernir con cierta claridad lo pasajero de lo permanente, lo auténtico de los falso, lo original de lo repetitivo y cíclico. Así como el verdadero valor del momento, que es único, de las relaciones, de las decisiones y opciones vitales que construyen e identifican. También la orientación y sentido de la propia existencia que, aun en medio de la fragilidad, está en nuestras manos para que nos hagamos de un modo abierto y podamos abrirnos a lo definitivo, a lo que permanece, a lo auténtico, a lo eterno.

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