En esta barca, estamos todos….Francisco

Inédito

La tarde de este viernes 27 de marzo de 2020 -una tarde lluviosa en Roma- el Papa Francisco llegó a la Plaza de San Pedro, completamente vacía donde no se escuchaba ni siquiera el volar de las palomas,  para presidir la oración extraordinaria por el fin de la pandemia del Covid-19 que ha contagiado  a casi 600 mil  personas en todo el mundo, y ha causado la muertes de más de 27 mil personas de todos los credos religiosos.

Francisco iba solamente acompañado por Mons. Guido Marini, Maestro de Ceremonias Litúrgicas Pontificales.

Nunca antes en la historia de la Iglesia católico se han visto imágenes tan conmovedoras como las de que vimos por la TV, hoy desde el vaticano; nunca antes un Papa dio una “bendición Urbi et Orbi  (a Roma y el Mundo) fuera de las fechas normales, que son la Navidad, la Pascua de Resurrección y sólo cuando un nuevo papa es electo.

Francisco exhortó desde el Vaticano a todo el mundo, teniendo en cuenta que el virus ha afectado a 188 países a abrazar la Cruz de Cristo, en la que “hemos sido salvados para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar”.

Antes de que el Papa leyera su homilía, se oyó la lectura de un pasaje del Evangelio de Marcos que narra de una tempestad inesperada que se desencadena justo cuando los apóstoles están en un barco junto a Jesús, que duerme plácidamente en popa. Lo despiertan porque están asustados y Jesús, con tan sólo una palabra, detiene el viento y las olas del mar.

Francisco comparó esa tempestad con la que vive el mundo: “desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido”, empezó diciendo…

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Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos…”

Destacó Francisco luego que la tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad “y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades”. “Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad”.

“Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos, subrayó Francisco.

El Señor nos interpela -agrega-, y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar. El Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe pascual. Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor.

Abrazar su Cruz es animarse a abrazar todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando por un instante nuestro afán de omnipotencia y posesión para darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar. Es animarse a motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados y permitir nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad. En su Cruz hemos sido salvados para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar. Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza….”, dijo Francisco.

Al concluir sus palabras, se encamino hacia la entrada central de la Basílica Vaticana, donde se hallaban las imágenes de la Virgen Salus Populi Romani normalmente ubicada en la Basílica de Santa María Mayor  y el Crucifijo milagroso, de la iglesia San Marcello al Corso, muy venerado en Roma tras la liberación de la “gran plaga” de la peste negra de 1552 y del cólera del siglo XIX.

Después, entró en el corredor que hay a la entrada de la Basílica, donde ha tenido lugar la Exposición y Adoración al Santísimo, para finalmente hacer la bendición con la posibilidad de recibir la Indulgencia plenaria, a 1300 millones de católicos del mundo con la custodia del Santísimo Sacramento.

“Señor, bendice al mundo”

“Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la bendición de Dios”, ha pronunciado el Papa al final de su reflexión. “Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones”.

“Nos pides que no sintamos temor, pero nuestra fe es débil y tenemos miedo” ha concluido.

Inédito…Gracias papa Francisco…

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