Hemos leído y escuchado estos días un término que, si bien es conocido por todos, no todos entendemos su verdadero significado. Me refiero a la palabra soberanía. Este término lo podemos analizar desde diferentes enfoques, pero si nos atenemos a una definición general puede ser esta: “La soberanía es la autoridad más elevada o suprema donde reside el poder político y público de un pueblo, una nación o un Estado, sobre su territorio y sus habitantes. Por tanto, la soberanía es la independencia de cualquier Estado para crear sus leyes y controlar sus recursos sin la coerción de otros Estados”.

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Por otro lado, algunos personajes del mundo político entienden este término de manera que nada ni nadie puede intervenir y menos opinar sobre los sucesos y acontecimientos que ocurren a nuestro alrededor. Si un personaje ajeno a nuestro país opina sobre política nacional, de inmediato se le acusa de intervenir en asuntos internos y de violentar la soberanía.

En un mundo globalizado, aunque hoy parece que el término “globalización” pasó de moda, donde cada vez más los países parecen más reservados a abrir sus fronteras a productos y mano de obra extranjera, hablar de “soberanía” resulta un tanto falaz. La economía del mundo se ha vuelto tan interdependiente que sería muy difícil levantar barreras para defender lo indefendible.

Los países del así llamado Tercer Mundo o en vías de desarrollo, como el nuestro, dependemos de las tecnologías de desarrollo de otros países, en el caso concreto, de EU.

Nos llama la atención que el señor Trump nos diga que están dispuestos a intervenir para acabar con la delincuencia organizada si el gobierno de México se lo pide. De inmediato, echamos mano de la palabra “soberanía”.

Los más nacionalistas se “jalan de los pelos” diciendo ‘¿qué se ha creído?’ ‘¿Nos quiere invadir para quitarnos los recursos?’ ‘¿Cree que no podemos nosotros lidiar con la delincuencia?’ Y así, un sinfín de preguntas que no llevan a ningún lado.

Por otra parte, a los más pragmáticos no les importaría aceptar la ayuda estadunidense con tal de terminar con el flagelo del narcotráfico y la delincuencia organizada.

Hay opiniones para todo. Aunque si se hiciera una encuesta bien hecha, sin sesgos nacionalistas, seguro que las cifras se inclinarían por una ayuda eficaz para terminar con la zozobra y el miedo de los que están perturbando nuestra paz.

Lo cierto es que de muchas maneras la globalización nos ha quitado, si así lo entendemos, mucha de la llamada “soberanía”. Pero, ¿qué haríamos sin las nuevas tecnologías que vienen de fuera? Seguramente estaríamos más atrasados de lo que ahora estamos. De ahí que cuando apelamos a la pérdida de soberanía no nos damos cuenta de que ya no podemos utilizar en el sentido estricto este término porque nos queda “chico”, si no es que “obsoleto”.

Nuestros vecinos del norte, de una forma u otra, están metidos hasta la “cocina” en nuestros asuntos nacionales. No está de más decir que, el mismo Trump ha pedido que en la frontera sur de México se haga presente la Guardia Nacional para impedir el flujo de migrantes que desean llegar a EU. ¿No es esto perder soberanía? ¿No sería esta una oportunidad de que nos ayuden los vecinos a quitarnos de encima una lacra que nos impide vivir en paz?

Cuando uno tiene un problema en su casa, supongamos que comienza un incendio y peligra la integridad de sus moradores y las cercanos también, ¿no acuden a apoyar los vecinos? ¿Pierde con ello “soberanía” o autonomía la familia involucrada en ese evento? Para nada. ¿No sería el momento de que los que quieren ayudar nos echen una mano para que de una vez por todas limpiemos la casa de “ratas” y todo tipo de “malvivientes” y así construir un país donde se respeten las leyes, se haga válido el estado de derecho, donde todos podamos vivir en paz y convivir en armonía?

Dejemos de mirar al pasado y pongamos nuestra mirada en el futuro, dejando que el pueblo sea sujeto de su propio destino y no objeto de términos y políticas rancias que lo único que hacen es que permanezcamos inactivos esperando que todo nos lo solucionen y soñando con fantasías de riquezas y que si no nos ponemos a trabajar en serio nunca llegarán.

Ser soberano es sabernos respetar cada quien en su forma de ser. Siempre y cuando no se coarte a los demás imponiendo las ideas del otro o invadiendo los espacios que uno ha ido adquiriendo, bien sean en el ámbito privado o de nación. La ayuda siempre será bienvenida cuando uno solo no puede acabar un problema ocasionado por múltiples factores que ni uno mismo se los podría explicar.

Es verdad que la pobreza y una educación deficiente, así como una mala distribución de las riquezas, nos ha llevado a generar mucho de los problemas en los que hoy estamos inmersos. Sin embargo, no es hora de lamentos, sino de poner manos a la obra todos juntos y pensar qué país le queremos dejar a nuestros hijos.

En momentos difíciles, y no han sido pocos, unidos hemos salido adelante. Hoy más que nunca necesitamos poner lo mejor de nosotros antes que el tiempo nos alcance, si es que ya nos alcanzó. Pedimos a nuestro Presidente que escuche a todos, porque solo no podrá llevar a cabo su proyecto de nación que tanto lo ha anunciado.

Juntos podremos alcanzar los cambios que todos anhelamos: hacer de México un país de igualdades donde se respeten los derechos de todos y todos tengamos las oportunidades que la vida nos ofrece.

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